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Isabel Rojo

Todo parece indicar que la habilidad más valorada para el trabajo del futuro, es la inteligencia emocional. Según el World Economic Forum esa será la base del trabajo para los seres humanos, una vez que la inteligencia artificial y la automatización hayan tomado muchas de las posiciones que hoy conocemos y ocupamos, como lo es el trabajo administrativo o algunos oficios.

Esto hace mucho sentido si pensamos que uno de los principales retos que están enfrentando los equipos de trabajo es la reconfiguración de su dinámica laboral, no sólo por la llegada de los robots, sino por otros cambios derivados de la tecnología.  El trabajo eternizado en una misma posición está en extinción; en cambio, lo que vemos cada vez más es la colaboración remota en proyectos integrados por personas de distintas edades, nacionalidades, géneros e intereses. Convertir este collage de perspectivas en un equipo integrado, requiere de habilidades suaves (soft skills) como: toma de decisiones, resolución de conflictos o aprendizaje para toda la vida; facilitado por algo más… esto es la inteligencia emocional.

Pero, ¿qué es la inteligencia emocional y cómo está insertándose hoy en nuestra vida laboral?

Thrive Global la define como “la habilidad de monitorear las propias emociones, así como las emociones de los demás y ser capaz de distinguir un amplio rango de ellas e identificarlas correctamente.” También incluye usar esta información para influir o controlar las decisiones de otras personas.

Existen dos vertientes en las que esta forma de inteligencia está ganando terreno en el ámbito profesional. En la industria de los servicios y el marketing, la inteligencia emocional es fundamental para diseñar la experiencia del usuario y establecer vínculos relevantes para posicionar a las marcas y generar “engagement”. En el mundo empresarial, es una forma de crear cultura organizacional, resolver conflictos, reducir la rotación y tener empleados “fieles” y comprometidos.

En la industria médica y en la educativa, en las que el cuidado de otras personas es fundamental, este tipo de inteligencia siempre ha sido un elemento fundamental, sin embargo, es poco valorado y reconocido. En un interesante artículo publicado en Aeon, Livia Gershon, resalta que las personas con un índice más alto de EQ (emotional quotient) por lo general son mujeres de bajos recursos que han tenido que ser emocionalmente inteligentes porque su contexto de vida así lo ha requerido, en el que han tenido que lidiar con situaciones de violencia, muerte y suciedad.

Esta perspectiva amplía el ámbito de la inteligencia emocional y nos cuestiona si estamos descubriendo el santo grial del trabajo del futuro, o si deberíamos de re-valorar y aprovechar la experiencia y el conocimiento de disciplinas y profesiones como la enfermería, la psicología o los acompañantes terapéuticos, entre otros.

Para entender mejor a qué nos referimos con esta forma de inteligencia, Daniel Goleman, en el Harvard Business Review divide doce habilidades en cuatro grandes grupos que debemos fortalecer. Estos son:

– Conocer las propias emociones: También conocido como self awareness, esta habilidad se refiere a la capacidad de identificar qué sentimos, qué las detona y qué hacer con ellas. Contrario a lo que se piensa, la idea no es evitar o evadir emociones penosas o desagradables, sino reconocerlas y ponerlas a trabajar.

– La automotivación: Esta habilidad tiene que ver con lo que uno hace con las emociones que tiene -agradables y desagradables-  y cómo canalizarlas a favor de un objetivo.

– Reconocer las emociones de los demás: “Empatía” es una forma más clara de entenderlo. Sin embargo esta es una habilidad sumamente compleja porque no basta con comprender al otro o “ponerse en sus zapatos,  porque podemos caer en la trampa de tomarnos como la medida de todas las cosas y en lugar de reconocer que la otra persona es distinta, pensarla como una extensión de nuestra perspectiva. Esto puede convertirse en un sesgo inconsciente.

– Manejar las relaciones: Tal vez esta es la parte más compleja porque requiere de un dominio de las anteriores para funcionar. En esta categoría están incluidas la capacidad de influir en otros, ser un mentor y compartir conocimientos, solucionar conflictos, trabajar en equipo y ser un líder inspiracional.

Es importante recalcar que esta forma de inteligencia no es un switch que deba activarse  únicamente en el contexto laboral. Antes que ser un beneficio para las empresas o para el trabajo, es un recurso personal que, así como puede ayudarnos a desempeñarnos mejor laboralmente y ascender, también puede servirnos para identificar cuando una relación laboral se terminó y cómo enfrentar esta decisión.

Ser emocionalmente inteligente no solo será nuestro valor más preciado cuando el trabajo mecánico esté en manos de los robots. También es relevante ahora que nos enfrentamos a nuevos retos laborales, interpersonales, políticos, económicos y sociales. Reconocer qué nos provoca la alteridad es el primer paso para valorar nuestra autenticidad y descubrir las posibilidades que nos ofrece la diversidad.

Si quieres fortalecer esta forma de inteligencia, te invitamos al programa ADN de Dalia, en donde Maricarmen Bernal comparte sus conocimientos y experiencia como investigadora y representante de México en el W20.