Reina Isabel II, la feminista que no fue

La reina Isabel II es inspiración para las mujeres del mundo entero, pero que lo sea por las razones correctas. Esto escribe Laura Manzo, Chief Content Officer de Dalia Empower.

La reina Isabel II
La reina Isabel II solo 20 días después de la ascensión al trono en sus primeras fotos oficiales. Tomada de TW @RoyalFamily / Dorothy Wilding

La reina Isabel II no era y nunca se hizo llamar a sí misma feminista. Nosotros nunca deberíamos recordarla a ella como tal ni tampoco como ejemplo de empoderamiento femenino.

El poder y la posición que mantuvo fueron heredados, pero no resultado de una carrera o de una lucha. El liderazgo que ejerció durante 70 años fue irrelevante al género, precisamente porque ella nunca vio en su ser mujer una limitante para cumplir con su deber, precisamente porque ella nunca fue educada de una manera por su género.

El feminismo no es el poder ejercido por una mujer, hay que recordarlo. El empoderamiento no es tampoco el poder ejercido por una mujer. La reina Isabel II, como sostiene Gaby Hinsliff, columnista en el diario The Guardian, representa más bien al último matriarcado.

La monarca, durante su reinado, más que normalizar la idea de una mujer en el poder, hizo —con su liderazgo discreto pero firme— olvidar al mundo que ella era precisamente eso, una mujer.

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Así el propio exministro Tony Blair describe en su autobiografía que ella era capaz de paralizar a un hombre tan solo con la mirada. La mujer contenida, fría y la madre distante que hemos visto en la serie de Netflix, The Crown, representada por Olivia Coleman, nos hace pensar cualidades masculinas de su liderazgo y de su personalidad, sin embargo al entender su profundo poder de influencia sin la necesidad de la tradicional y a veces masculina y machista confrontación, descubrimos su más grande poder.

La reina navegó con bandera de responsabilidad, inspiró respeto y admiración, y se ganó a pulso no solo cada año de su reinado sino cada gramo de popularidad que la ha dejado como la monarca más apreciada de la historia británica. Ha muerto en un punto muy alto de popularidad. Al grado que los especialistas se preguntan qué hará la firma británica ahora, dado que las encuestas desde años antes indican que los integrantes de la Commonwealth quieren mucho a Isabel II, pero no precisamente quieren a la monarquía.

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La reina tomó al feminismo como un asunto político desde una postura hasta preocupantemente neutral, navegó entre aprobar cambios legales que hoy en día evitan que las hijas primogénitas de los monarcas sean superadas por sus hermanos menores en la línea de sucesión y momentos rebeldes como conducir personalmente al príncipe heredero saudí de visita por la propiedad de Balmoral en su Land Rover en un momento en que a las mujeres saudíes no se les permitía conducir, pero nunca se esforzó particularmente por dejar un legado para las mujeres.

Dio un discurso en el Women’s Institute en 2015 reconociendo el avance de los derechos humanos pero eso no la convierte en una guerrera. Que su marido Felipe de Edimburgo tuviera que caminar siempre un paso detrás de ella no era por feminista sino por su condición monárquica. El que durante la Segunda Guerra Mundial haya manejado camionetas y aprendido a reparar motores en el Women’s Auxiliary Territorial Service, tampoco la convierte en una mujer que lucha por los derechos de otras mujeres.

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Estas acciones, teniendo en cuenta el contexto y la época, la dejan como un icono de fuerza, pero no necesariamente de la contienda que se necesita desde los puestos de poder para que el mundo alcance la igualdad de género.

La reina Isabel II se suavizó y navegó durante la última década de su vida, más que ninguna otra, con una mirada dulce que conquistó al mundo. Podría ser el reflejo de la profundidad de la sabiduría acumulada con los años, podría ser una expresión de satisfacción por lo logrado, pero tampoco podría tomarse como un ejemplo feminista sino más bien un lado femenino.

Modernidad a cuenta gotas, era lo suyo. Por lo tanto, feminismo a cuenta gotas. Ni Diana Spenser ni Meghan Markle podrían defenderla o sostener pancartas con su foto en una marcha un 8 de marzo, pero Camila Parker Bowles, hoy reina consorte, cuenta ya con el permiso de hablar de la violencia y el machismo. Modernidad a cuenta gotas.

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La reina Isabel II es inspiración para las mujeres del mundo entero, pero que lo sea por las razones correctas: por su férreo compromiso, por su dedicación al trabajo, por su ética, por su visión, por su fortaleza, su liderazgo, su popularidad, por alcanzar sus objetivos, por su templanza, por ser ella misma, por no intimidarse, y todo esto que ayudó a encaminar con muchos más aciertos que errores a la monarquía británica al siglo XXI, y toda esa excepcionalidad ejercida fuera de lo común entre las mujeres de su tiempo, y que seguramente extrañaremos, pero no por una sororidad que nunca llevó a cabo.

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