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Isabel Rojo

Especialista en Comunicación y Psicoanálisis

¿Qué pasaría si a partir de ahora recorrieras tus propios pasos? Al cabo de un rato te darías cuenta de que desde hace un tiempo estás en un ciclo en el que tus pasos de hoy se parecen mucho a los de ayer y los de hace un año, tal vez a los de hace diez. En algún momento te quedaste atorada repitiendo una y otra vez esa segura rutina, en donde nada podría pasarte.

Sigue caminando… ¿qué pasaría si de pronto te encontraras recorriendo tus pasos a los ocho años? ¿Recuerdas la emoción de haber metido un gol por primera vez? Ese instante lleno de adrenalina en el que el tiempo se detuvo, sostuviste el aire y tu pie golpeó el balón en la dirección correcta. En ese instante no te cuestionaste si estaba bien que una mujer jugara fútbol. Ahí no tuviste dudas, simplemente te colocaste donde sabías que tenías una oportunidad y la tomaste. Cuando soltaste el aire te diste cuenta de que la jugada de tu equipo había funcionado. Ganaste el partido.

¿Recuerdas tus seis años? ¿Cuándo montaste esa obra de teatro en el patio de tus primos y vestida con collares y zapatos gigantes cantaste a todo pulmón, sosteniendo una espátula de cocina como micrófono? Ese día te entregaste apasionadamente a tu público. No estabas pretendiendo ser alguien más. Tú eras esa rockstar que se dejó llevar por la música sin importar si el vestido arrastraba en el piso o si te sabías la letra a la perfección.

Tal vez recuerdes la dedicación con la que ahorraste cada centavo que ganaste vendiendo limonadas o Cazares con Miguelito en la escuela. ¿Cómo te sentiste el día que llegaste a la tienda y fuiste tú quien pagó por ese videojuego? Ese, más que cualquier otro que hubieras tenido antes, era tuyos y de nadie más. Ese era el que más disfrutabas compartir porque no lo hacías con cualquiera. Era especial.

Si tienes alguno de esos recuerdos, también puedes evocar la sensación de ser poderosa y vivir sin miedo, ni arrepentimiento, ni envidia, ni vergüenza. Tal vez ahora te sorprenda pero esa también eres tú. La has olvidado porque en algún momento te empezaste a tomar demasiado en serio y la voz de la responsabilidad (y de las consecuencias) te hicieron pensar dos, tres, cien, millones de veces las cosas, antes de hacerlas. Tantas que era mejor no hacer nada. Intercambiaste sorpresas por certezas y ahora tienes tantas que estás aterrada de salir al mundo y descubrir de lo que serías capaz… si tan solo siguieras tus pasos.

Si no tienes alguno de esos recuerdos, ¿qué esperas para vivirlos? No importa si tu infancia no fue un continuo lecho de rosas. Aprovecha las ventajas que te da la vida adulta para vivir la vida que quieres y no la única que tenías disponible. Ahora sabes más cosas y tienes más recursos, no los ocupes para esconderte detrás de ellos. Úsalos para hacer de cada experiencia la oportunidad para reinventarte y dejarte sorprender.