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Isabel Rojo

Especialista en Comunicación y Psicoanálisis

He renunciado dos veces a un trabajo. La primera vez fue después de una operación por piedras en el riñón y la segunda después de una cirugía de columna. En ambos casos, cuando estaba en la camilla de camino a la sala de operaciones pensé: “bueno, por lo menos voy a poder descansar”. La primera vez no me di cuenta de lo que esto implicaba. Me parecía que mi reacción era una forma de ponerle buena cara a la adversidad. La segunda, ya estaba advertida que esta idea era la verdad detrás de mi crisis. Estaba completamente drenada y no encontraba ningún argumento válido para decir que estaba exhausta, más que llevar mi cuerpo al extremo. Estaba enferma.

Estar internada fue una forma decir, “como ustedes saben, mi compromiso con el trabajo es total. Si no fuera por este contratiempo, estaría ahí apagando fuegos que en realidad a nadie le importan pero me hacen sentir importante”. Estas dos intervenciones médicas se convirtieron en la evidencia de lo lejos que podía llegar para evitar decir “ya no puedo” y sentirme fracasada o insuficiente. No estoy diciendo que todo fuera mental, pero paradójicamente, en mi cabeza estar enferma tenía ganancias.

El camino a la recuperación de ambas cirugías me dejaron claro que había olvidado de qué se trataba la vida. Estar en casa sin mucho que hacer me reveló la razón por la que trabajaba más que todos y era la empleada más comprometida: ahí me sentía importante. Eso me ponía en un estado de total fragilidad, ya que afuera de las puertas de la oficina, donde no había formas rosas que llenar para hacer solicitudes o no había proyectos que supervisar, no era nadie. El sentido de mi vida se reducía a la validación de mi jefe y a la cantidad de pendientes que tachaba de mi lista como si fueran vidas salvadas.

Encontrar satisfacción en cosas triviales como comer sentada (no corriendo) o leer un libro, tomó tiempo. Aunque mi ausencia en la oficina estaba justificada, la culpa por no estar ahí en la línea de fuego con mis compañeros, era terrible. Hasta que un día, tristemente, me di cuenta de que yo no era indispensable y que los proyectos seguían su rumbo sin mí. Me di cuenta de que el equipo estaba perfectamente organizado sin mis reuniones matutinas o mis desvelos. Entonces solté ese hilo que me mantenía amarrada al trabajo y empecé a descubrir otras cosas que me producían placer y despertaban mi curiosidad. Cocinar, leer, escribir, pintar y platicar solo por el hecho de pasar un buen rato, no para resolver problemas de trabajo.

Por supuesto que ninguna de estas cosas era productiva y mucho menos monetizable. Las hacía por que las disfrutaba y satisfacían mi curiosidad, mi creatividad y mi necesidad de completar algo. Por primer vez en mucho tiempo recuperé la sensación de control que regulaba mi esfuerzo respecto a mi objetivo. En ocasiones pasaba días enteros pintando y cuando había terminado podía ver concretado mi esfuerzo en una cosa y descansar con la satisfacción de un trabajo completado. En la oficina no hay esfuerzo que sea suficiente y el trabajo nunca para. Es una carrera en una pista sin fin.

Regresar a la oficina después de estos episodios era agridulce. Por un lado, ansiaba ver a mis compañeros y sumarme a los proyectos que había visto nacer; por otro, temía que la inercia volviera a encadenarme a esas dinámicas de las que la única salida era en camilla. A ratos lograba conservar la distancia para entender que un dedazo, por ejemplo, era simplemente un error que se podía enmendar, pero había otros en los que encontraba siendo más exigente y rigurosa con los estándares de calidad que los propios dueños. Eso me hacía sufrir hasta el punto de pensar que mi compromiso con el trabajo no dejaba espacio para uno más importante, mi compromiso con mi propia vida. Para mí, ese fue el punto de no retorno. El trabajo o la vida se conviritó en una disyuntiva que me hizo optar un par de veces por dejar el trabajo aún con la incertidumbre económica que esto implicaba.

Sé que yo no soy la única que ha pasado por esto. Pensarlo desde esta perspectiva puede explicar eljobhopping, ya que el síndrome del burnout es la enfermedad del Siglo XXI. Se calcula que en México, aproximadamente el 70% de los empleados lo padece. Los síntomas son claros: cansancio, falta de concentración, pérdida de interés por cosas que eran placenteras, ansiedad y depresión. Algunos lo describen como una gripa permanente, otros como caminar sobre lodo o tener la sensación de estar ausente dentro de su propio cuerpo. La diferencia entre estar exhausto y estar burned out es que el primero llega al límite del cansancio cuando ha utilizado todos sus recursos, el segundo es el que sigue avanzando por días, semanas o años, aún después de haber rebasado sus límites.

Anne Helen Petersen en su artículo How Millenials Became the Burnout Generation, habla de que el burnout para la generación Millenial ya no es una enfermedad de altos ejecutivos o personas en el sector salud, es una condición de vida ante la cual, el único remedio es aceptarlo. Ella sostiene que el burnout no ocurre exclusivamente por las condiciones laborales, sino que la vida actual, producto de los embates de los cambios que ha traído la tecnología hacen que las demandas de la vida nos lleven más allá del extremo.

En el artículo menciona un síntoma más: errand paralysis (parálisis para hacer los pendientes). Ella lo explica como la imposibilidad de hacer cosas sencillas que le ha ganado a los Millenial el término de “flojos”. Pero no es tan sencillo emitir un juicio. En su análisis ella señala que esto sucede cuando la lista de pendientes y responsabilidades de trabajo es tan grande que realizar las cosas sencillas que tienen poco reconocimiento (lavar el coche, recoger la ropa de la tintorería, pagar la luz) se vuelven simplemente imposibles de hacer. No por flojera, sino porque la consigna “¡TRABAJA!” para esta generación, está tatuada como la única posibilidad de ser alguien en la vida, y realizar estas actividades cotidianas significa perder valioso tiempo de trabajo.

Para estas personas, como para mí, dedicar un momento exclusivamente a comer o leer, representa culpa por distraer el esfuerzo que siempre nos han dicho que nos llevará a conseguir nuestros sueños. Como ella lo pone, a los Millenial no nos enseñaron a romper el sistema y ser revolucionarios, nos enseñaron que el sistema se gana con un excelente performance. Así que nuestra vida se ha tratado de optimizarnos: ser más delgada, más eficiente, mejor administrada, tener más conocimientos y ser emocionalmente inteligente.

Work hard, party hard. Todo, incluso disfrutar se lleva al extremo para hacerlo a la perfección. Como si hubiera una sola manera. Menos que eso, es mediocre.

Para todo hay una app que te ayuda a medir tu desempeño y hacerlo cada vez mejor y en menos tiempo. Cuando algo anda mal lo escondemos debajo del tapete. Para la ansiedad, rivotril; para la frustración, meditación;  para el cansancio, vacaciones. Estos remedios más allá de solucionar la compulsión a trabajar, ayudan a robotizarnos eliminando lo más humano: la desviación y el margen de error. Al mismo tiempo escuchamos que debemos ser auténticos. Dos máximas que seguimos para ser elegibles en este mundo competitivo.

Sin embargo no todo está perdido. Podemos aprender algunas lecciones del mundo de los directivos de alto nivel, donde se piensa que nació este síndrome. Para ellos, recuperar la sensación de control, tener reconocimiento y una comunicación abierta han sido parte del remedio.

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Es común que iniciemos un proyecto con ciertas tareas asignadas y que rápidamente estas tareas se tripliquen con cosas que ni siquiera sabemos por qué las hacemos. De manera que la carga de trabajo requeriría de tres jornadas laborales para completarla. Esta acumulación y pérdida de referencia respecto a la importancia de lo que hacemos es una de las principales razones del burnout. Para revertir los efectos de esta práctica, los expertos recomiendan que, por un lado, los colaboradores comuniquen estos problemas a sus managers para administrar mejor la carga de trabajo en los equipos. Y a los managers y líderes, que consideren que el bienestar del equipo representa mejor rendimiento para el negocio, que tener muchos proyectos mal atendidos.

Además, proponen que los colaboradores tengan la posibilidad de decidir en qué proyectos quieren trabajar y de qué forma se quieren involucrar. De esta manera, las ganancias de participar en un proyecto no son únicamente monetaria, también representan reconocimiento, crecimiento personal y la posibilidad de adquirir nuevos conocimientos. Este tipo de acciones contribuyen tanto a tener una sensación de control de lo que están haciendo, como a practicar una comunicación clara y abierta con los managers.

Yo incluyo una práctica que parecería contraintuitiva pero que en mi caso funcionó. Esto es: no involucrarse demasiado. Con esto no quiero decir que el trabajo no importa o que no “te la creas”. Esto es importante para levantarse todos los días e ir a trabajar. Me refiero a tener claro que el trabajo no es la vida y que tú eres mucho más que “la diseñadora” o “el abogado” de la empresa. Si te gusta bailar, ocupa tiempo para bailar; si te gustaría aprender latín, ocupa espacio de cabeza para el tema. Lo que sea que te motive, síguelo. No porque represente mejor performance, sino porque lo disfrutas. Si tiene otros beneficios, ¡qué maravilla! pero no todo es trabajo y no tiene que ser productivo.

Revertir este cansancio existencial generalizado implicaría un cambio de mindset cultural respecto al trabajo, en el que gobiernos, empresas e individuos tendrían que participar por igual. Empezar con la parte que a ti te toca es la única manera de hacerlo. ¿Qué tanto es tantito? ¿En qué momento el engagement se convierte en esclavismo? Ese es un límite que tú pones y día con día decides si cruzar.