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Acerca de Cirila Thompson, mi álter ego




−Lo único que debes recordar, es que tú eres Cirila Thompson – me dijo la mujer del sueño antes de chasquear los dedos. Cuando desperté, lo primero que hice fue buscar en Internet alguna referencia de aquel nombre. Pero no, no había ninguna Cirila Thompson que hubiera podido escurrirse en mi memoria.

Muchas cosas sucedieron antes de Cirila. Ahora las recuerdo como si le hubiesen ocurrido a alguien que no soy yo. Por ejemplo, crecí pensando que era muy gorda, bocona y sin talento para tocar el piano y bailar hawaiiano. Por todos esos supuestos concluí que mi única alternativa era ser medianamente lista, lo suficiente como para sobrevivir.

Esa comprensión me convirtió en la machetera de la clase, la que alcanza triunfos esporádicos y modestos después de mucho arrastrar el lápiz. El deleite del triunfo solía durarme poco. Apenas concretaba cierto logro, me arrojaba de nuevo a mi piscina imaginaria en pos de otra pequeña meta.

Entre cada zambullida, escribía. La realidad que me circundaba me había daño, así que inventé un mundo de palabras donde pudiera encontrarme a mis anchas, sin que mi bocota, mi gordura y mi falta de talentos musicales me estorbaran.  Muy pronto, me encontré escribiendo todas las noches. Mi mamá se quejaba por el ruido de mi Olivetti eléctrica, “¡estás arruinando mi futuro como escritora!”, solía responderle mientras aporreaba mi teclado con furia ciega. Las cuartillas se amontonaban en el escritorio de esa rabiosa mujer antes de Cirila.

Olivetti

Olivetti

Un día providencial, mi dentista se secó el sudor después de luchar durante casi una hora para sacarme unas placas dentales: “lo siento, tienes la boca muy pequeña, no tengo moldes de ese tamaño, ya te puse los de niño y no funcionan”, me dijo con preocupación, sin saber que acababa de mandar al traste una de mis creencias limitantes más sólidas.

Otro día trajo consigo una nueva sorpresa. Un buen amigo me dijo “no sé qué estás haciendo, pero te ves fatal, pareces un cadáver.” No intentó suavizar su comentario: me lo espetó así, sin anestesia. Ese arponazo me liberó: de manera que tampoco era gorda, por el contrario, tenía una anorexia galopante que me tomó años revertir. Entonces, ¿qué soy? ¿cómo soy? ¿qué quiero para mí? Me pregunté. Y me sigo preguntando y respondiendo.

Las respuestas trajeron consigo varios acuerdos interiores. Me reconcilié con mi cuerpo, con mi boca y lo que salía de ella. No aprendí a bailar hawaiiano, pero sí salsa. Tampoco aprendí a tocar el piano, pero desarrollé otros talentos que a la postre me permitieron y me permiten ganarme la vida con dignidad y placer. Tan sólo me tomó la mitad de la existencia alcanzar esta comprensión, ¿qué puedo decirles? Soy rápida para comer y lenta para entender lo importante.

Apenas empecé a comprender todo esto, soñé con Cirila Thompson. Su aparición coincide con otros entendimientos. Por ejemplo, me percaté de que me gustaba. No como me gustan los cachorros esponjosos o las buenas películas. Me gustaba con ganas, como te gusta esa persona a la quieres comerte a mordiscos sin miedo a quedar llena de melcocha.  La segunda cosa que aprendí una noche que me conté un chiste mientras lavaba la loza y se me escapó una sonora carcajada, es que me caía muy bien.

Si alguien te gusta mucho y te cae muy bien, es muy factible que te enamores. Eso fue justamente lo que me sucedió. Me enamoré como se enamoran las personas adultas, aceptando sus capacidades y también sus debilidades. No sé tocar el piano, no sé bailar hawaiiano, tengo una panza que no cede a horas interminables de Pilates y una voracidad por vivir que a veces me agota por completo. Pero también soy hábil con las palabras y me agrado tanto como para querer pasar el resto de la vida a mi lado. Cirila Thompson apareció en mis sueños para recordarme todo esto.

Y tú, ¿conoces a tu alter ego? ¿qué crees que te dirá cuando se manifieste?

Autor: Karla Paniagua 

Twitter @cirila_thompson

Instagram: @karlapaniaguaramirez