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Mi mamá tenía cerca de 40 años cuando un pequeño retraso, y mucho antojo de helado de limón, la hicieron sospechar que estaba embarazada. Pero el ginecólogo se apresuró a asegurarle que se trataba de la menopausia. Sería para tranquilizarla, porque todos decían que un embarazo a tan avanzada edad amenazaba síndrome de Down.

Unos siete meses después, nací sin mayor complicación. Mis papás decidieron que conmigo iban a “abuelear”, porque ya no se imaginaban corriendo tras de mí, ni tenían energía para ocuparse demasiado en limar mis asperezas. A finales de la década de los 60, la edad promedio de las mujeres en el parto era de 22 años. A los 40, sus hijos tenían 18 y, cuando menos en teoría, podían tener hijos propios, así que las mujeres cuarentonas como mi mamá podían perfectamente ser abuelas.

El atraso de la maternidad es sólo una de las manifestaciones, acaso también una de las causas, de la nueva manera que tienen las mujeres de vivir su quinta década. Son mujeres perennes que, sin querer emular a sus hijas, y cómodas en su piel, se niegan a disfrazarse de “cuarentonas” para ajustarse a estándares tradicionales.

Las perennials no temen usar pantalones ajustados, colores vivos ni altísimos tacones. Sólo esconden canas que no concuerdan con el resto de la imagen en el espejo o en su propia mente, o las resaltan y ponen de moda el rubio platino porque aprecian el tiempo y todos los rastros que ha dejado en sus cuerpos y en sus mentes.

Es una generación acostumbrada al cambio, adaptable o cuando menos convencida de la necesidad de adaptación. Consciente de la importancia del aprendizaje constante en una época de avances tecnológicos y constantes giros de paradigma.

Las mujeres en los cuarenta ya no se consideran “de mediana edad”. Es más: diversos estudios de opinión en Europa y Estados Unidos muestran que los sesenta (sí: los sesenta) son la nueva medianía. El mayor acceso a servicios médicos, y la creciente atención que la sociedad presta al cuidado de la salud, han significado un importante incremento en la calidad de vida y una nueva definición de vejez.

Pero en estas buenas noticias también hay una señal de alerta: los cambios en la economía, las empresas y la sociedad no van lo suficientemente rápido para ajustarse a las perennials. Vivimos una era de grandes paradojas: conforme avanza la esperanza de vida, se reduce la edad de jubilación. Entre las mujeres, el desafío suele ser aún mayor. Cuando deciden regresar a la vida laboral tras haber dedicado unos años a la crianza de sus hijos, difícilmente encuentran empleo o apoyos que les permitan emprender.

Las decisiones de vida que funcionaron para nuestros padres ya no son vigentes, y las políticas empresariales y gubernamentales que funcionaban entonces, hoy sólo nos privan de oportunidades, en el mejor de los casos, o nos encaminan a un abismo, en el peor.

Sociedad y gobierno tendremos que enfrentar de maneras innovadoras los desafíos de la longevidad, para que signifique tiempo fructífero y gozoso, en vez de años de ansiedad y marginación. Es cada vez más urgente un cambio cultural que impulse el aprendizaje continuo y el aprecio por la experiencia; que empresas y universidades promuevan y faciliten cambios de carrera e intercambios constructivos entre generaciones, y que los gobiernos promuevan políticas públicas que garanticen a las perennials de todos los estratos sociales la posibilidad de una vida más larga, productiva y plena.