No existe un solo camino
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He trabajado desde chica, sin embargo no había logrado tener una carrera laboral “exitosa”. Me moví de un trabajo a otro pensando en ocuparme sin importar si el pago era representativo del valor de mi trabajo. Simplemente buscaba tener algo, ignorando mi pasión.

En este proceso hice de todo: trabajé de niñera, asistente de administración, maestra, intérprete para empresas y familias migrantes, vendedora de ropa, asistente de un programa para delincuentes juveniles, fui subdirectora de un refugio, maestra de apoyo escolar, etc. Todo por hacer cosas sin detenerme, hasta que un día mi sueño de ser mamá se cumplió y  dejé de trabajar por varios años para estar con mis hijos; criarlos, verlos, amarlos. En ese momento pensé que ese era mi propósito de vida. Como complemento y para satisfacer mi deseo de ayudar hice varios trabajos como voluntaria.

Todo parecía fluir, pero un día leí el título de la revista TIMES: “I love my kids, I hate my life” (Amo mis hijos, odio mi vida). Sentí como esas palabras me calaron hasta los huesos. -Eso no me podía estar pasando. ¿Cómo podía sentir dos emociones tan opuestos al mismo tiempo?, ¿cómo podía odiar mi vida sí mi mayor orgullo eran mis hijos y yo tenía el privilegio de cuidarlos?, ¿era yo una mala madre?-.  Esta sensación era intolerable y el título de esa revista resonaba en mi cabeza-.

decisiones

En ese momento mis hijos me necesitaban pero ya no era primordial que yo estuviera con ellos. Ellos estaban creciendo y era momento de que yo creciera también. Sin embargo quería hacer algo que me permitiera estar disponible para ellos y ser una esposa presente. Así decidí poner mi gran negocio. Uno en el que yo iba a poder atender a otras mamás de bebés, mamás primerizas, mamás que querían hacer algo diferente pero “sin dejar de ser mamá”. Con este deseo nos asociamos 4 mujeres: mamás, esposas, conocidas, y pusimos un centro para padres e hijos. Todo divino,  pero… ¡fracasamos!

Las voces de mi cabeza me decían: -Ok, mi destino es dedicarme exclusivamente a mis hijos. No puedo tener vida profesional y ser una mamá presente-. Aunque al mismo tiempo me atormentaba pensando: -¿si amas ser mamá por qué ni siquiera eres feliz siendo eso?, ¿ni este trabajo puedo hacer bien?, ¿también soy un fracaso como mamá?-

Esa fue la señal inequívoca de que debía volver a trabajar, así que seguí con la búsqueda compulsiva por una ocupación: tienda de accesorios de bebés, maestra de Montessori, traductora, quise abrir un café, etc.

Justificaba mi inestabilidad con el hecho de no tener una larga trayectoria profesional que me respaldara, para evitar sentirme “incapaz”.  Si me cambiaba de trabajo era válido decir que lo hacía para tener algo más grande, más importante, más admirable o que me pagara mejor.

Cuando buscaba el consejo de empresarios consolidados era muy difícil entender a qué se referían cuando decían: “No es lo hondo que caes, sino lo alto que rebotas”, “el fracaso es parte clave de la vida”, “si no fracasas, no aprendes y si no aprendes, no cambias”. Lo único que me quedaba era esperar que fuera cierto. Así es que me repetía a manera de mantra: “mis fracasos no me convierten en fracasada, sino en luchadora, perseverante, y aprendiz”.

Mi trabajo como madre era sin lugar a duda (incluso hasta hoy) lo que más me llenaba, divertía, retaba y exigía; pero para sacudirme esa sensación de fracaso tenía que dar un siguiente paso, salirme de mi zona de confort y romper con mi paradigma de lo que es una “buena madre” para redefinirme con mejores y más diversas herramientas para mí y para mis hijos. La vida se trata de crecer y aprender constantemente.

Siguiendo mi vocación por la educación fui profesora de una escuela Montessori en la que enfrenté y superé mi miedo a hablar en público dando clases durante tres años. Esta experiencia fue muy gratificante, sin embargo yo aspiraba a generar mayor impacto. Para hacerlo decidí detenerme, ver y entender cuáles eran mis prioridades, qué era lo que más me apasionaba, qué estaba dispuesta a dejar y qué no.

Así es como comencé a trabajar en una Fundación que otorga becas a estudiantes universitarios en donde estoy hasta la fecha. Ahí tengo posibilidades de crecer y hay lugar para mayores retos. Este trabajo implica adaptarme de nuevo y seguir aprendiendo  de mis compañeros, de mis fortalezas y de mis previos fracasos. Ahora sé que sólo enfrentando a mis miedos seguiré creciendo y que debo tener más paciencia, confianza, valor para enfrentar los retos que se van presentando.

A lo largo de este recorrido en el que lo personal y lo profesional están íntimamente ligados, sé que hay quienes saben lo que quieren en la vida desde el día uno y logran conseguir sus metas profesionales enseguida; pero habemos otros que no y es igual de válido porque en la vida existen muchos caminos. Yo respeté mi primer deseo de ser mamá, como el principal objetivo de mi vida. Ahora, en una nueva etapa honrando mi primera decisión  estoy lista para enfocarme en mi crecimiento profesional sin culpas ni reproches.